viernes, 28 de marzo de 2014

La sublevación de los moriscos


  Contra los continuos comentarios de distintos historiadores -fundamentalmente extranjeros- sobre la política seguida por los Reyes Católicos, acusándolos de limpieza racial, el hecho es que los árabes que no abandonaron la Península en 1492 radicalizaron sus costumbres. 
     A pesar de que primero Isabel y tras su muerte, Fernando, insistían en la necesidad de que se bautizaran y acataran las costumbres del resto de la población (católica), los moriscos -principalmente de las zonas rurales- hacían oídos sordos. Continuaron despreciando la carne de cerdo, el vino y usando la indumentaria árabe. Las relaciones se fueron tornando más tensas, con continuas revueltas como las del Albaicín a finales de 1499. 

      En 1567, Felipe II aprobó una serie de leyes que, por motivos de seguridad, prohibían hablar públicamente en árabe, vestir de manera distinta a la castellana cubriendo cuerpo y rostro con amplios ropajes (chilabas, velos, como los de la imagen que recoge la indumentaria morisca de la época), realizar ablaciones y celebrar fiestas árabes. 
       El virrey de Granada, temiéndose lo que estaba por llegar, trató de convencer al monarca para que desistiera en su actitud. Pero Felipe II no sólo insistió en la necesidad de homogeneizar la población, sino que mandó a inquisidores que vigilaran el cumplimiento de las leyes. 
      El 25 de diciembre de 1568, asesinaron en las Alpujarras a varios oficiales reales de linajes considerados cristianos viejos (es decir, de ascendencia puramente cristiana e hispanogoda), en lo que fue “la matanza de Ugíjar”. Ante el ataque de los moriscos, casi toda la población corrió a refugiarse en la iglesia. Los rebeldes moriscos rodearon el edificio y le prendieron fuego, falleciendo 240 personas, entre los que se contaban clérigos, militares y aristócratas de abolengo. Al conocer los hechos, el monarca y la sociedad castellana entró en cólera, así que la burguesía morisca granadina se apresuró a declarar su fidelidad a la corona, pero el mal ya estaba hecho y la mecha del odio había prendido. 
    A pesar del creciente malestar, se permitió a las autoridades continuar con sus investigaciones y pronto fue hallado el grupo causante del asesinato y de la revuelta. Se trataba de un conjunto de moriscos dirigidos por Fernando de Córdoba y Válor, un cristiano nuevo (descendiente de árabes bautizados tras la toma de Granada por parte de los Reyes Católicos) que se hacía llamar Aben Humeya, en honor a los Omeyas que crearon el imperio de Al-Andalus en el s. VIII d.C. y con quien pretendía estar emparentado. 
       En la imagen inferior se muestra la casa natal de Aben Humeya en Narila, una placa conmemorativa y una representación de él con sus huestes recibiendo alimentos de la población morisca, mientras le llevan cabezas cortadas de sus rivales castellanos. 
     Los ejércitos castellanos se encontraban divididos entre el virrey de Granada, que actuaba bastante flexible y suavemente con los rebeldes moriscos, y Pedro de Deza, presidente de la audiencia de Granada y cada vez más en desacuerdo con la conducta del virrey. Este conflicto interno fue aprovechado por los insurgentes, logrando numerosas victorias que incendiaron más aún las pretensiones de Aben Humeya, cuya fama subía como la espuma, añadiendo voluntarios y simpatizantes por doquier. 
    
     Indignado el monarca ante tal falta de previsión castellana, en octubre de 1569 mandó a Granada a su hermanastro reconocido, don Juan de Austria, quien contaba con apenas veinte años y poca experiencia en el campo de batalla. Por ello, puso a su disposición varios y reconocidos militares para que le asesorasen, además de parte de los famosos y temidos Tercios bajo su mando. Esto hizo que el bando cristiano uniera sus fuerzas, cesando las luchas intestinas. Adicionalmente, ese mismo mes, el monarca había puesto precio a la cabeza de Aben Humeya, concretamente 2.000 ducados, toda una fortuna para la época. Como era de prever, el bando morisco comenzó a resentirse. 
    Finalmente la traición llegó de manos de Abén Aboo (Diego López), primo del cabecilla rebelde. Pillado en una emboscada en Laujar de Andarax, es estrangulado de madrugada, por su primo y otro de sus hombres más cercanos (según algunos autores, Diego Alguacil). Algunos historiadores creen ver intereses turcos en la muerte de Aben Humeya, presentes a través de Diego Alguacil, uno de los hombres –y traidor- del caudillo morisco. 
     Según los cronistas, Aben Humeya murió proclamando que era cristiano y que únicamente deseaba vengar agravios familiares (de acuerdo con Caro Baroja). Tal vez estas ideas firmaron su sentencia de muerte, pues había intereses africanos y turcos para mantener un reino musulmán en la península. 
    Abén Aboo sucede a su primo en el mando de las tropas insurgentes, como Muley Abd Allah Aben Aboo, más conocido entre sus hombres como “el rey de los andaluces”. Tras dieciocho meses de luchas, el 22 de mayo de 1570, don Juan de Austria acorrala a gran parte de los cabecillas rebeldes, que se entregan suplicando piedad. Los castellanos aceptan si deponen las armas y se comportan de manera ejemplar, de forma que durante un tiempo los moriscos cesaron su agresividad mientras las ropas de don Juan, los Tercios, acorralaban a los últimos insurgentes con Aben Aboo al mando.
     Nuevamente la traición llega desde dentro, en este caso Gonzalo el Xeniz, que pretende hacerse con el perdón real a cambio de entregar al "rey de los andaluces". El 15 de marzo, en una cueva de Mecina Bombarón fueron rodeados numerosos moriscos rebeldes. Según se desprende de las crónicas, los castellanos prendieron fuero a fajos de paja seca causando una inmensa humareda que hiciera salir a los refugiados en la cueva, con numeroso armamento. Finalmente 260 personas fueron capturadas mientras otras 220 se negaron a salir, muriendo asfixiadas. Igual proceder se siguió en otra gruta de la cercana localidad de Berchul donde en este caso murieron 60 personas, entre las que se encontraban la esposa e hijas de Aben Aboo.
     Dos hombres llevaron al caudillo a una salida lateral de la gruta por la que escapar, pero en cuanto vio la luz, el Xeniz, según unos o el Habaqui según otros, le golpeó con un arcabuz (antecesor del mosquete) en la cabeza, para rematarlo en el suelo. Su cadáver fue llevado a Granada donde, por orden del duque de Arcos, fue despedazado y su cabeza expuesta en la puerta de El Rastro (por la cual salía/entraba el camino que llevaba a las Alpujarras); durante 200 años, si nos atenemos a las crónicas.
    Tras este desenlace, todos los moriscos granadinos fueron diseminados por el resto de la Península, pero como ni aún así este colectivo cambió de actitud, el rey Felipe III terminó expulsándolos en 1609 poniendo así fin a la presencia árabe en la Península Ibérica desde el año 711.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario