lunes, 13 de octubre de 2014

La maldición de Tutankamón


      Mucho se ha hablado de una supuesta maldición del joven faraón contra los que profanaron su tumba y pasaron junto a un óstracon de arcilla con la siguiente advertencia: “La muerte golpeará con sus alas a aquel que turbe el reposo del faraón”. El hecho es que al cabo de siete años de haber abierto la tumba habían fallecido dieciséis de los personajes que pisaron por primera vez tras tantos siglos la última morada del faraón.

Un hallazgo sorprendente
     El 4 de noviembre de 1922, unos trabajadores egipcios contratados por Howard Carter dejaban al descubierto los primeros escalones del pasillo que conducía a la que sería la tumba más famosa del Valle de los Reyes, el gran cementerio de los faraones egipcios. Veintidós días más tarde, junto a lord Carnarvon, Carter se asomaba por el agujero practicado en uno de los muros de la tumba real descubriendo que la luz de su candil era devuelta por el brillo de infinidad de piezas de oro. El mundo redescubría al joven faraón de la XVIII dinastía Tut-ank-amón, tras 3.300 años olvidado en su mediana sepultura. Y es que en opinión de muchos egiptólogos entre los que se incluía Carter, posiblemente su tumba estaba destinada a su general Ay o a un sumo sacerdote pero, al fallecer el joven faraón precipitadamente, hubo de enterrarse en la única tumba disponible. Sobre el pecho de la momia se encontró un collar de flores dejado seguramente por su joven viuda (en la imagen, detalle de la pareja en el trono del faraón hallado en la tumba).
     El mismo día que se abrió la tumba, rompiéndose el sello, una cobra se comió el canario de Howard Carter, lo que algunos trabajadores egipcios vieron como un mal augurio.
    El 4 de abril de 1923, 5 meses después de abrir la tumba del faraón, lord Carnarvon fallecía en su mansión de Inglaterra a consecuencia de una neumonía acentuada por septicemia transmitida por un mosquito que le picó estando en Egipto. A la misma hora El Cairo sufría un apagón y el perro de Carnarvon, en la capital egipcia, moría de golpe tras un penoso aullido. Cinco meses más tarde, en septiembre de 1923, hacía lo propio el hermano de Carnarvon (que también presenció la apertura de la tumba del joven rey egipcio), suicidándose. El mismo fin tuvo George Jay Gould, que se personó en El Cairo tras el fallecimiento de Carnarvon para repatriar las pertenencias de su amigo, aprovechando para visitar la tumba descubierta. Durante su visita se resfrió, falleciendo de neumonía al poco tiempo.
     Le siguió Arthur Mace, el hombre que abrió en último lugar la cámara del faraón y que fallecía antes de que esta se vaciara de sus piezas destinadas al museo de El Cairo. Más tarde moría Sir Douglas Reid, quién radiografió la momia del faraón para Carter. La siguiente en la lista fue la secretaría del propio Howard. Cuando el padre de la joven se enteró del funesto ataque al corazón sufrido por su hija, decidió suicidarse.
    Y aquí no terminan las desdichas pues un profesor canadiense de historia que estuvo colaborando con Carter en el recuento y descripción de las piezas del ajuar funerario de Tutankamón moría de un ataque cerebral a su regreso de Egipto. Otro de los colaboradores, Richard Bethell, se suicidaba poco después, con 49 años. El padre de éste hacía lo propio en su casa de Londres, donde albergaba algunas piezas procedentes de la tumba de Tutankamón. Otros visitantes de la tumba que también morirían al poco de regresar a sus países tras su visita fueron Alb Lythgoe (departamento egipcio del Museo Metropolitano de Nueva York) como consecuencia de un infarto y George Benedite (museo del Louvre), de neumonía. Por su parte, Ali Kemel Fahmy Bey murió tras ser disparado por su esposa en Londres, a su regreso de El Cairo.
Tampoco aquí terminan las muertes ya que varios directores de diversos museos arqueológicos del mundo fallecieron al poco de haber accedido a albergar temporalmente algunas piezas de la tumba del faraón.

Qué hay de cierto en la supuesta maldición
    Lo que ocurre es que, dramatismos aparte, muchos de los periodistas y primeros visitantes de la tumba seguían vivos así que ¿por qué la supuesta maldición se aplicaba caprichosamente a unos y a otros no?. La respuesta llegó de la mano de distintos laboratorios de análisis, varias décadas más tarde. Y es que con ayuda de potentes ordenadores, microscopios y análisis de laboratorio se descubrieron numerosas superficies pobladas por hongos y esporas que habían sobrevivido y reproducido en la penumbra y en el microsistema de la tumba sellada y que fueron los causantes de las muertes mediante el contacto directo de la piel con pequeñas heridas (recordemos que lord Carnarvon se había cortado afeitándose, la mañana de la entrada en la tumba), o mediante afecciones respiratorias. También se encontraron numerosas esporas del moho Aspergillus níger y Aspergillus flavus. Ambas especies suelen causar reacciones alérgicas y deficiencias respiratorias.

    Como se observa en la imagen, ningún trabajador usó mascarilla o guantes para manipular los restos y respirar el aire enrarecido de la tumba. Junto a la fotografía de Carter y un ayudante contemplando el sarcófago del joven faraón, imagen de la expectación que causó la tumba y detalle de una pequeña sala de la tumba repleta de mobiliario funerario desmontado.
   Un “pequeño” detalle que se le escapa a los partidarios de las supuestas maldiciones (en mi opinión, inocuas) es el hecho de que el principal protagonista de la historia, Howard Carter, no sufrió daño alguno, falleciendo 17 años más tarde (en 1939) de muerte natural. Por tanto, ¿cómo sostener la existencia de una maldición que mata a personajes secundarios dejando vivo al principal?.

El ADN habla
   Recientes análisis de ADN practicados en once momias ha logrado arrojar luz sobre el linaje de Tutankamón. Así, han permitido conocer que los restos -muy deteriorados- del faraón hereje Ankhenatón son los encontrados en la llamada tumba KV55. Este faraón fue el padre de Tutankamón, mientras que su madre reposaba momificada en la tumba KV35 y al desconocerse su nombre se la llama mediante el apelativo “dama joven”. Con respecto a la esposa de Tutankamón, Ankhesenamón (hallada en la tumba KV21), el ADN ha revelado que era igualmente hija de Ankhenatón (hermanastra, por tanto de su marido) y de Nefertiti. Por tanto, ¿pudo ser esa consanguinidad la responsable de la presencia de dos fetos de niñas de 25 y 36 cm, en la tumba de Tutankamón? ¿Fueron abortos?.
    En la imagen se muestra el esquema de la tumba y una cuerda que desde el día que se enterró al faraón cerraba el acceso.

 


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