viernes, 28 de agosto de 2015

Los misterios del palacio de El Escorial

        Confieso que es uno de mis palacios reales favoritos, tanto por la “sencillez” y sobriedad de sus pasillos como por el inigualable marco sobre el que se alza, en plena sierra granítica madrileña. El aire allí es tan puro y ligero como frío, capaz de arrancar a uno de sus ensoñaciones. Tal vez por eso decidió emplazar allí Felipe II su palacio real, con el que deseaba conmemorar la batalla de San Quintín, centro del gran universo que entonces era el Imperio Español en cuya vasta extensión –desde América hasta Filipinas, llamadas así precisamente por el monarca Phillipe II- no se ponía el sol y desde donde regía cada pequeño detalle relativo a cuanto acontecía dentro de sus fronteras.

Sin ir más lejos, éste es el gran reproche que le hago a mi monarca favorito con respecto a la Invencible (ver aquí): haber sido incapaz de delegar la dirección en los magistrales militares que iban a bordo (Recalde y Oquendo, entre otros).
Pero regresemos al Escorial. Dice la tradición que precisamente en este lugar se encontraba una de las puertas del infierno que las leyendas han ubicado por todo el globo terráqueo. Por eso Felipe II mandó situar, cerrando tal puerta, su palacio a modo de la parrilla del martirio que San Lorenzo sufrió, ubicando además una reliquia santa en lo alto de cada una de las torres del edificio.
Cuentan historiadores y biografistas que a lo que más temía el emperador Felipe II era a los ejércitos de demonios de los infiernos. Tal vez por ello disfrutara del cuadro que tanto aborrezco, “El jardín de las delicias” del Bosco, en el que por cierto no encuentro una sola de esas delicias (y cuyo simbolismo ya analizamos aquí).



             Continuando con las tradiciones, se rumorea que cuando las campanas de El Escorial redoblan a las doce de la noche, se escucha en el palacio la risa del emperador Felipe II, tal vez celebrando que en las llamadas “horas de las brujas” la puerta del infierno continúe cerrada en el Escorial, actuando las reliquias (las había de San Pedro, San Sebastián, Santa Bárbara y una larga lista que abarcaba siete mil reliquias de todos los santos excepto de Santiago el Mayor, San José y San Juan Evangelista) ubicadas en las alturas como poderosos talismanes. Por cierto que las cubiertas de los cimborrios se realizaron en bronce, brillantes como el oro. Se comenta que en cierta visita el embajador francés criticó el palacio por sobrarle piedra y faltarle oro. El monarca mandó entonces instalar estas cubiertas y durante una visita posterior, el embajador se interesó por saber qué era lo que brillaba tanto en lo alto de las torres. Con indiferencia, el monarca respondió: “ah, eso, …es que se nos acabó la piedra y tuvimos que recurrir al oro para finalizar la torre.
             Dejando las leyendas a un lado, una de las cosas que más me apena es que el monarca se decantara por Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera para realizar su palacio. En mi libro “Riaño, el hijo de la viuda” en el que analizo la simbología de Diego de Riaño y la enlazo con tradiciones milenarias de logias de constructores medievales y francmasones, recojo cómo Manuel de Herrera no dudó en derribar una obra en construcción de Diego de Riaño, cargada de simbolismo al más puro estilo plateresco, para levantar similar edificio pero en el sobrio y carente de simbolismo estilo herreriano. Una auténtica pena. Sin duda de haber encargado el edificio de El Escorial a Diego de Riaño sus fachadas habrían relatado maravillas simbólicas a todo aquél que supiera leerlas. Y más en pleno Renacimiento, con el gran caldo de cultivo de todo tipo de saber (recordemos al bibliotecario iniciático del Escorial, Arias Montano) que era entonces la corte de Felipe II, unido a las milenarias leyendas que existían en torno al emplazamiento en plena sierra de Guadarrama, donde aún perviven dólmenes (como vimos aquí) y restos celtiberos.
             Pero sin duda el monarca era más amigo de la idea “la procesión va por dentro” que transmitió a su palacio, con despobladas fachadas pero con un corazón cargado de conocimientos escondido en la Biblioteca, bajo la sabia mirada de Arias Montano. Ahí es nada.


Retrato de Benito Arias Montano (posando con un libro y el traje de la orden de Santiago), junto a una imagen de la majestuosa biblioteca de El Escorial.

            A pesar de las varias biografías que circulan por las librerías sobre Felipe II, considero que nunca ha llegado a ser del todo bien comprendido. Así, son muchos los autores, fundamentalmente anglosajones, que le acusan de poseer un radicalismo católico tal que le llevó a alzarse como paladín de esta religión, iniciando numerosas batallas por este motivo. Tengo mis serias reservas. Por ejemplo, en el caso de la Armada Invencible. En mi libro muestro claramente cómo fue el Papa el que comenzó a agobiar y presionar con sus súplicas al monarca español para que destituyera del trono de Inglaterra a Isabel I. Felipe II desoyó cuanto pudo esas peticiones, hasta que no le quedó más remedio que intervenir, cuando Isabel I comenzó a mandar a “sus perros del mar”, como le gustaba llamar a sus piratas, a atacar puertos destacados en la Península Ibérica. Pero es que, al margen de esto, hay otras evidencias que parecen escapar a la observación y análisis de sus biógrafos: el conjunto de perseguidos por la Inquisición, por cuestiones de fe y religiosas –entre los que figuraban los alquimistas y filósofos Nicolás Guibert, el cardenal Granvela, el mismo Juan de Herrera o Benito Arias Montano, entre otros, con sus propios laboratorios en palacio- que Felipe II arropó bajo su manto prestándo atención a sus consejos y sugerencias. Este repetido comportamiento casa mal, a mi entender, con los radicalismos católicos que tratan de atribuirle. Cierto es que creía en Jesucristo y los beneficios protectores de las reliquias de santos cristianos, pero no deja de ser menos cierto que admiraba otras doctrinas religiosas y de pensamiento como la judía, la Cábala o la Alquimia, por ejemplo.
            Tal era su inquietud cultural que a su fallecimiento dejó la mayor colección de libros de toda Europa: más de 14.000 ejemplares, entre los figuraba la “Cosmografía” de Apiano, obras en griego y latín de Aristóteles (maestro del gran Alejandro Magno), Galeno, Arquímedes, Macrobio, Hipócrates, Julio César o autores árabes con sus pergaminos redactados en dicho idioma y la “Arquitectura” del italiano Vitrubio (obra en la que Da Vinci se basó para realizar su archifamosos dibujo de las proporciones áureas), entre otros. Y junto a su cama se encontró “El Pronosticón”, un libro expresamente realizado para él por el astrólogo, médico, matemático y astrónomo alemán Matthias Hacus, en el que se analizaban diferentes fechas en relación con la posición de las estrellas, así como la carta astral del emperador. No fue el único, ya que Francesco Iunctino también puso sus conocimientos al servicio del emperador, realizándose un concienzudo estudio de su horóscopo y fecha de nacimiento. La confianza que Felipe II depositaba en la influencia de los astros era tal que llegó a retrasar o adelantar determinados hechos para coincidir con ciertas posiciones del cielo favorable para sus fines.
          De hecho, en 1634 se concluyó –tras un concienzudo estudio de las obras de la biblioteca del palacio- que constaban 400 obras prohibidas por la Inquisición. Su hijo, Felipe III, logró de esta Santa Institución el perdón para dichas obras a cambio de ser vistas únicamente por el prior, el bibliotecario y varios catedráticos que regentaban el palacio real, sobreviviendo hasta nuestros días.

Fotografía antigua del dormitorio de Felipe II en El Escorial. Detalle de una carta manuscrita por el emperador firmando “yo el rey F”. Se sabe que el monarca, a imitación de su padre Carlos I en Yuste, mandó colocar en el altar mayor de la iglesia de palacio una “llama eterna” que veía desde su cama y que representaba la pervivencia del Bien entre las sombras.

            Son muchos los autores que no han dudado en afirmar que Felipe II estaba tan obsesionado por la alquimia porque su maltrecha economía exigía oro a raudales, así que se hizo con “lo mejorcito de cada casa” en esta materia perseguida por la Iglesia con el fin de que le produjeran oro a espuertas. Es de las cosas más absurdas que he leído nunca, además de encajar mal con la idea del monarca tan sumamante católico que rozaba el radicalismo fanático. Más me inclino a pensar que los laboratorios que mandó instalar en palacio para los alquimistas buscaban dar con medicamentos eficaces para sus problemas de salud. Y de hecho es la explicación más lógica. Imagina que eres el emperador de un imperio que abarca desde América hasta Oriente; por tu territorio circulan todo tipo de razas, hablando infinidad de lenguas y comerciando con todo tipo de sustancias. Y tú eres el dueño de todo eso, pero tienes dolores tremendos. ¿No mandarías que acudieran los mejores científicos y pondrías a su disposición las últimas tecnologías con el fin de que te curasen?. Jehan L’Hermite en sus escritos describe todo tipo de maravillas, incluyendo un matraz de destilar con 23 retortas o espacios de condensación y decantación, “la tecnología punta” en matraces y aparatos de laboratorio de su tiempo. Al frente de tan moderno laboratorio se encontraba el boticario (y alquimista) Diego de Santiago.
         Existe una leyenda que habla de un rayo que durante una tormenta desatada en el monte Abantos en 1577 atacó la sacristía, acudiendo los franciscanos del monasterio a apagar las llamas, pereciendo días más tarde el relojero, aquejado de un mal que se creyó consecuencia del rayo por unos, y de la puerta del infierno, por otros. Los hay más desconfiados –y que me convencen más- que se cuestionan si el fuego no pudo deberse a alguna explosión ocurrida en el laboratorio.
          Con todo, es curiosa esa asociación que hace el pueblo llano entre un rayo y el infierno, ya que según otros relatos cuando los especialistas estudiaban el lugar donde ubicar el palacio se desató una tormenta con multitud de rayos descargando en la zona donde ahora se levanta el edificio, señalándoles que allí se encontraba la puerta del infierno. Curioso. Sin embargo, la sierra es granítica y en este tipo de rocas es común encontrar magnetita, un mineral muy magnético que posiblemente sea la que atraiga a los rayos, más que imaginadas puertas.
          Regresando a la biblioteca, allí se encuentra la llamada esfera armilar (esfera celeste) realizada por Santucci Antonio en 1582 en Florencia, plasmando el sistema del sabio clásico Ptolomeo. Fijémonos en sus patas. Aparecen cuatro (número cargado de simbolismo) esfinges que recuerdan a la adivinanza que según los autores clásicos transformó a Edipo en rey y que había que responder adecuadamente si se deseaba sobrevivir en una especie de relato iniciático que recogía la prueba que “mataba” al aprendiz transformándolo en maestro.



Si miramos con detalle el cuello de las esfinges, no podemos por menos que asombrarnos de reconocer a las llamadas “mujeres jirafa” de África y Tailandia. ¿Supo Felipe II de ellas?.
Otro curioso simbolismo lo encontramos en los suelos de las salas principales. El pavimento blanco predomina, apareciendo baldosas negras en cuyo centro se alza una cruz blanca. ¿Nuevamente un simbolismo del Bien abriéndose camino entre las tinieblas?.


































En la imagen, plano del Palacio Real de San Lorenzo de El Escorial. Bajo él, detalle de la biblioteca mostrando la decoración de la solería y el comedor con el meridiano solar trazado en bella madera decorada.

             En el Comedor, el meridiano solar está destacado, así como los doce meses del año, cada uno representado por un signo zodiacal, otra muestra más del saber astronómico y astrológico perseguido por la iglesia e instalado por orden del rey en pleno monasterio de El Escorial (el monasterio fue fundado en 1567).
           Hay pasadizos que comunican distintas salas y otro rincón extraño lo constituye una sala sin ornamentación que parte del panteón de los Infantes de la Corona Española en la que, como ya ocurriera en la Alhambra, el dominio arquitectónico es tal que permite a dos personas que susurran en esquinas opuestas oírse con gran nitidez y volumen.
        Por otro lado, el emperador hizo traer al monasterio del Escorial a los niños del monasterio segoviano de Párraces para deleitar con sus bellas voces las oraciones matutinas así como las misas de las fechas más señaladas. En el monasterio se les instruía en Música y Gramática. Curiosamente en la antigüedad clásica se creía que Orfeo, con su lira y conocimientos musicales podía calmar y dormir al can Cerbero, vigilante de la entrada del inframundo (y hermano del perro del rey tartesio Gerión, como ya vimos aquí), cuando descendió a los infiernos guiado por Hermes, en busca de su amada Eurídice. ¿Trataba con estas angelicales voces de niños de apaciguar los demonios de su particular puerta del infierno?.



          Otra extrañeza del monarca, ¿por qué estando el Panteón Real a pocos metros, él se hizo enterrar junto con su familia en una humilde sala que se localiza bajo el altar mayor que contempló en vida, todas las noches, desde su cama?.
            Hay en este edificio tantísimo simbolismo que necesariamente debemos considerar seguir con el asunto en alguna futura entrada, si a los lectores les parece buena idea, ya que queda aún mucho por decir (la reina de Saba, reyes y templarios jugando al ajedrez, grandes salas cuya puerta de acceso se localiza escondida en un lateral, la sala de las batallas marinas, …por no abordar las pinuras de la bóveda de la biblioteca).

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